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9 mar. 2014

Gustavo Bermúdez: "La tele no es nada, la vida está en otro lado"


Dónde estaría hoy de haber contestado el fax desesperado de la princesa Mashael de Arabia. En los años ‘90, la hija del rey Fahd lo acorralaba. Sin Twitter, sin Facebook, sin Skype ni WhatsApp, la muchacha se las arreglaba como podía a 13 mil kilómetros. Lo quería poseer como Andrea del Boca en Antonella. “Cuanto desees, te será concedido”, invitaba. Pero Gustavo Bermúdez ya lo tenía todo. Dormía abrazado a la mujer de sus sueños y era el rey de la telenovela. ¿Sabrá la doncella del petróleo que hoy está separado? ¿Usará YouTube para tenerlo a un click de distancia, 20 años después? El rey de la nieve se ríe de la anécdota. “Tuve una fama inesperada, pero la fama nunca me importó. No hay más que lo que se ve. Debo ser aburrido para el medio”.

Para cuando el aparato de fax de su casa se calcinaba con mensajes de la nobleza, Bermúdez no había programado aún patear el tablero. Todavía no vivía en San Martín de los Andes (a donde permaneció 15 años), pensaba en el cuerpo si le hablaban de un “Celular” y no imaginaba su imagen a futuro condensada en una tableta. Su regreso a la televisión se da en plena era del “High Definition”, ese impensado sistema que le escanea el medio siglo de la piel. Cada noche, Telefe lo tiene como a un Grande Pá posmoderno en Somos familia.

Pero hablemos del otro Bermúdez. El menos previsible. Su biografía (aún no escrita) debería incluir las siguientes peculiaridades: que probó suerte como basquetbolista de Newell’s Old Boys. Que jamás interpretó a un villano. Que después de enamorar en Oriente terminó enseñando español multimedia en Israel. Que besó a tantas mujeres como a orcas y delfines. Que llegó a ser doblado hasta al ruso mientras seducía a Grecia Colmenares. Que de niño merendaba mirando a Linda Cristal en Bonanza y de adolescente, la besó en televisión. Que en los ochenta invirtió su capital en una fábrica de ropa bautizada Bermutti, pero por poco no se fundió. Que pese a su nutrido currículum televisivo, se dio el gusto de hacer un Shakespeare en una temporada teatral en Mar del Plata como Romeo.

Gustavo Ariel, sangre de Vigo y de Lugo, 49 años, trabaja en televisión, pero no le da mayor importancia al asunto. Por algo pasa silenciosas estadías en La Patagonia, a donde se mudó después de protagonizar Alén luz de luna, aquel hito filmado en los paisajes más descomunales del sur. Parece que la parafernalia de la TV no lo distancia de la vida que podría tener un empleado del peaje. “Es muy simple. Es como si abrís el plano general y observás. Estás haciendo sólo una hora de televisión de las 24 horas, en un canal de la Argentina, entre millones de canales en el mundo. Sos una parte chiquitita, minúscula. Un fotograma apenas de la película. ¿Qué es la tele para ponerte arriba de quién? Por suerte nunca me enganché con eso. Decís: ¿Y después, qué?” Una tarde en los estudios Pampa de Martínez para intentar descifrar el misterio Bermúdez. No hay misterio. Vuelve cuando quiere. En voz baja. Sin escándalos. Inspeccionar su archivo gráfico desde comienzo de los ochenta no arroja una mancha. “Te desafío: si leés una nota polémica, no es mía. O inventaron las declaraciones. Ni por viajes ni plata di notas junto a mis dos hijas y a mi ex mujer. No transé con ciertas cosas. La televisión no es nada, la vida está en otro lado”.

Antes de que la vida estuviera de este lado, estaba en Rosario, a 20 cuadras del Monumento a la Bandera. Como del aro no iba a vivir, terminado el secundario se le ocurrió subirse al Mercedes Benz 1114 azul de unos amigos cuya empresa de transporte viajaba a Buenos Aires. 1981. Alquiler en Sinclair y Libertador y un curso con María Vaner. “Al toque me presenté en un casting de Guillermo Bredeston y quedé en Como la gente. Buscaban al hijo y al novio de la hija. Gusté y escribieron un personaje para mí. De ahí no paré de trabajar, Compromiso, Pelito.

Ahora se llega más por la fama, creo que se desvirtuó todo.

En esa época no era como ahora. No se perseguía tanto eso. O eras futbolista o actor. Era la tapa de El Gráfico o de Gente, pero eso era una consecuencia”.

De otro modo, pero volvés a ser galán treinta años después. ¿Cómo te llevás con la edad?

Ni me preocupan los años. Yo siento como si no hubieran pasado los años para mí. Hice muchísimo, pero no siento que esté todo hecho.

Nunca interpretaste un villano. ¿Por qué siempre sos el tipo bueno de la historia? ¿No sentís la necesidad de salir del molde?

Nunca me pregunté por qué no me llaman para villano. Por ahí me gustaría hacerlo, pero sólo si está bueno el cuento que contar. No lo tengo como cuenta pendiente. No me desvela.

Priorizaste la familia estos últimos 15 años, resignaste mucho por ver crecer a tus dos hijas lejos del ruido de Buenos Aires. ¿Qué te une a este casi padre de ficción conservador?

Me une mucho. Los padres tenemos el común denominador que es el amor y a partir de ahí, cada uno con su carga hace lo que puede. Este tipo se plantea permanentemente desde el sentido común lo que debe ser como padre y no baja línea, y yo soy un poco así.

¿Te sentís sapo de otro pozo en este medio? Fuiste capaz de alejarte cuando tu imagen daba vueltas por el mundo, jurás que no te interesa la fama, hacés televisión cuando querés...

No me siento sapo de otro pozo, pero reconozco que al medio no le sirvo desde la noticia, el escándalo. Soy un tipo demasiado sencillo, a pesar de que la vida dio vueltas raras. Yo miraba a Bredeston y Cárpena en Rosario y terminé trabajando con ellos. Lo que pasó conmigo en Israel, los llamados de la princesa de Arabia. Terminé besando en una ficción a la mujer que veía mientras tomaba la chocolatada, Linda Cristal. Hasta me fui a convencer a Héctor Alterio de hacer una novela en San Martín de los Andes con lo que suponía meterme en una producción nunca antes hecha. Las vueltas de la vida fueron raras.

¿Hoy es como barajar y dar de nuevo? Una hija que dejó el nido, tu separación, el medio siglo.

No puedo decir que fue fácil separarse después de más de 20 años, pero ahora todos estamos bien. Tampoco es algo que me interese detallar. Miro adelante y me siento joven para seguir haciendo.

¿Qué hacés en esos prolongados tiempos sin pantalla? ¿Te ocupan otros negocios?

Una vida sumamente normal. No tengo otros negocios y no hago más que disfrutar de quienes quiero. Aprendí que uno no siempre puede hacer lo que quiere, entonces tiene que aprender a querer lo que hace. No sé si es por mi nostalgia de Rosario, pero la vida la encaré como me crié yo, bien cerca de mis padres. Fui el segundo varón de un padre viajante de comercio que un día sufrió un infarto y se quedó en casa. De ahí aprendí a valorar más el tiempo con los hijos. No es que no sea un tipo apasionado, si me pongo a fabricar sillas las fabrico con pasión. Pero le di prioridades a la vida. Elegí la transformación.

¿Y en qué te transformaste?

Puse un límite porque no sabía cuánto tiempo más tenía. Podría vivir en medio de La Pampa y lo haría con alegría.

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