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3 nov. 2013

Miradas opuestas de "Taxxi, Amores Cruzados"


A favor: Subí que te llevan

Los ojos azules de Gabriel Corrado, como los de la Medusa, supieron petrificar a una generación de mujeres al frente del televisor y ya era hora de que alguien los devolviera a la pantalla. Y aunque fue bueno ver al actor estos años como conductor y villano, siempre es mejor disfrutarlo como héroe en donde mejor se luce: la telenovela.

En Taxxi, Corrado es Tomás, un tipo honrado, serio y a veces melancólico, que abandonó la medicina tras la muerte de su esposa y ahora maneja un taxi, como Rolando Rivas. No suena casual que el oficio elegido para hacerlo volver coincida con el que tenía el personaje del programa más visto de la tevé Argentina. Arriba del auto, los juegos de miradas se intensifican, agregando distancia a los personajes y nutriendo el juego de la anticipación, condimentos clave del género.

No son los únicos ingredientes que hacen de Taxxi una buena apuesta. La altisonante diferencia de edad entre los personajes principales contribuye a sacudir el polvillo clásico de este tipo de historias. Una joven Rocío Igarzábal tiene a su cargo seducir (por venganza) a Corrado, mientras que una veterana (y siempre esplendorosa) Catherine Fulop tiene como objeto dejarse cautivar por un pertinaz Nicolás Riera. Lo más interesante es que estos vínculos se cuestionen por eventuales argumentos que no necesariamente hacen referencia a los años que los separan.

Además, se enriquece con una subtrama sobre la desaparición de mujeres y el tráfico de órganos, un escenario de maldad a cargo de Jorge Marrale. Ello acerca a Taxxi más al thriller que a la comedia costumbrista netamente romántica. Bonus track: devuelve la novela a la hora de la siesta.

En contra: El riesgo de no arriesgar

Hacer lo que se espera es una forma poco creativa de no decepcionar a nadie, de jugar a lo seguro y obtener los beneficios de hacer el camino de otros. Taxxi es el ejemplo más lineal de aquello que se inventa para no inventar nada. Todos los lugares comunes de los triángulos de amores, las fórmulas del galán sufriente y la mujer fatal, los tejidos de venganzas y malvados unidimensionales se combinan en la novela en juegos poco inspirados.

Gabriel Corrado es Martín, el médico devenido taxista por un duelo nunca resuelto por su mujer muerta. Tania será la doble de cuerpo, una chica idéntica al amor perdido, interpretada por Rocío Igararzábal, con la edad que tenía la difunta cuando apareció flotando en la bañera. Martín sigue instalado con el alma en el pasado y la cruel Tania será el instrumento para la venganza del doctor Moretti (Jorge Marrale), decidido a cobrarse la muerte de su hijo mediante un experimento de manipulación genética. Los intríngulis para armar la trama dan para llenar docenas de capítulos con vericuetos, explicaciones y drama.

Pero esos juegos -que ya vimos cien veces en versiones mejores- no bastan para suplantar otra gran debilidad de Taxxi: un guion de costumbrismo mal logrado y actuaciones mal emparentadas con la verosimilitud mínima que requiere el contrato con el televidente. ¿Cómo creemos que la tía Elena estuvo cocinando milanesas si usa un trajecito de miles de pesos con maquillaje de modelo? ¿Cómo hizo el taxista para tapar con una Curita el moretón que en la escena anterior le ocupaba a Tania la mitad de la cara? Preguntas que el televidente se hace, mientras busca razones para seguir mirando.

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