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31 may. 2015

Punto de vista sobre "Entre Caníbales"


No es el único termómetro en esta epoca, pero no está siendo generoso el rating con Entre caníbales, la nueva ficción de Juan José Campanella que tantas aguas agitó antes del debut por el triángulo actoral (Oreiro, Furriel, Vicuña), las cámaras 4K y la promesa de revolucionar el prime time con una historia fuerte, anclada en una realidad que espanta. Los 14,4 puntos del primer día, bajaron a 12 el día siguiente, cayeron a 7,5 el lunes y se mantuvieron luego flotando en torno a los 10 puntos. No está mal, pero está bien lejos de Las mil y una noches, una lata que nunca perfora el piso de los 20.

Para muchos seguidores de series, la falta de entusiasmo radica en que el mismo Campanella la presentó como un thriller político con algunos condimentos clásicos de la telenovela, que implica producir cuatro unitarios por semana con calidad cinematográfica, algo que nunca antes se había hecho por aquí. "Ojalá hubiera tenido esas cámaras para hacer El secreto de sus ojos", confió el cineasta más prestigiado de la Argentina.

Y es cierto que la experiencia visual de Entre caníbales es cinematográfica. Se nota en el ritmo que adquieren los hechos, en diálogos captados desde cada ángulo posible, en tomas que justifican decorados de cuatro paredes. No mezquina en escenas en exteriores, nocturnas, aéreas, flashbacks, lo que la convierte en una serie ambiciosa. Pero la supeproducción no está al servicio de un thriller político, sino que envuelve una nueva historia de amor y venganza, anclada en todo caso en un ambiente de políticos poderosos, crápulas y buenos mozos, dibujados con trazos demasiado gruesos. Y perdón por tantos calificativos.

Si la política vernácula es un lodazal que embarra a todos, qué interesante hubiera sido entrar allí sin botas de goma para transmitir mejor la mugre, para bucear en los pliegues de la ambición y hasta de la perversión humana, en la adicción que despierta el poder, con personajes más parecidos a los que vemos en los puestos de mando, aún mediáticamente, todos los días.

Entre caníbales tiene en este punto serios problemas de credibilidad. No es descabellado que un político joven y ambicioso, intendente de una ciudad del conurbano que vive como una fiesta que asfalten una calle, quiera pelear por ser presidente del país. El problema, desde el punto de vista de poder anclar allí las pasiones más roñosas de toda la trama argumental, es que su solo deseo lo convierta en una amenaza para todo el establishment político de su partido. No funciona así el poder.

Hay que hacer un fuerte ejericicio de ficción para ponerse nerviosos porque este jefe comunal de Ingeniero Márquez que interpreta Joaquín Furriel quede en el ojo de la tormenta de sus contrincantes porque anunció ante 20 alumnos que visitaron la municipalidad que si es elegido Presidente refaccionará todas las escuelas de la provincia. Y que encima reciba una ovación por parte de los niños. Escenas como esas conspiran contra un thriller político, al igual que algunos diálogos imposibles como los que (pobre) tiene que repetir un muy buen actor como Benjamín Vicuña, que cada vez que habla parece escoger las frases de un manual de autoayuda.

Está hermosa Natalia Oreiro en su plan de venganza, insaciable en su sed de justicia por una violación que sufrió 20 años atrás por parte de un grupo de hoy poderosos muchachos. Pero si su personaje tenía la responsabilidad de visibilizar la violencia de género (otra de las prometidas intenciones) la reivindicación todavía está fuera de foco. Se parece más a una heroína que hasta se agarra a trompadas cuando se sulfura.

Es que, en realidad, con un par de pibes marginales que jaquean al poder desde una revista casera, con un cura bueno que vela por ellos (uno de los cuales es el hijo de Ariana, fruto de aquella violación), con el conflicto de clase de quienes conviven con los malos pero quieren a los buenos, con un entorno de amanuenses y perversos de folletín, Entre caníbales tiene más de culebrón efectivo y bien realizado, que de thriller político con rasgos de telenovela.

Entendida así, con 120 capítulos ya estructurados, Entre caníbales tiene todo para ser una superproducción que comprometa emocionalmente a su platea, donde fuera que tenga su sillón. De hecho, cada medianoche el canal FoxLife repone el capítulo de la noche anterior, para una audiencia sin fronteras de millones de espectadores.

Días atrás, en Los Ángeles, Entre caníbales se mostró ante 300 ejecutivos de la industria televisiva mundial y fue prevendida a muchísimos países. Lo contó el mismo Campanella en diálogo con Radio La Red. En esa entrevista, confió también que a la hora de pensar esta producción tuvo como modelo dos series norteamericanas emblemáticas: 24, por las vueltas de tuerca en el manejo de la tensión, y Breaking Bad, por el tempo para desarrollar los personajes.

Hay algo de ello en Entre caníbales, pero tiene varios elementos más de Avenida Brasil o Las mil y una noches. Y está muy bien. Quizá haya llegado el tiempo de devoler gentilezas y que las latas nacionales manden en la grilla de los otros países, a puro amor y venganza.

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